‘YO DE MAYOR QUIERO SER PRINCESA’

Los caballeros hoy en día ya no existen, es cierto. Las princesas se volvieron guerreras y los han matado a todos.

Estamos en 2016 en pleno siglo XXI, edad moderna, momento de igualdad entre sexos. La cuenta se paga a medias, ellas conducen, ellos cocinan (como si esto fuera algo nuevo, sólo hay que hacer un repaso a la historia reciente para ver que los grandes chefs han sido siempre hombres, al igual que los grandes modistos). Ellas son las que proponen las citas ahora, ellos quienes se dejan llevar.

Ya no hay caballeros que abran la puerta ni cedan el paso. Los caballeros se quedaron en la época medieval, al igual que las princesas. Las mujeres quieren ser tratadas “con igualdad” ya no quieren que las mimen, les regalen flores ni las traten con cortesía y cariño, al parecer no lo necesitan.

Seamos sinceros, esto es mentira. A todas las mujeres les gusta sentirse atendidas. Les gusta que les abran la puerta, que les pongan el abrigo, que insistan en pagar la cuenta, aunque sea un simple café, no es el dinero, es el detalle, es la atención.

Las mujeres quieren las acompañen a la puerta de casa, sentirse, si no más seguras, desde luego más apreciadas y toda esta clase de agasajos y mimos siguen gustando, forman parte del cortejo, del juego de la seducción y para nada están reñidos con ser una mujer fuerte, independiente, autosuficiente, moderna y un sinfín de adjetivos confiscados por el feminismo actual. Un feminismo que ha pasado a los extremos y se define mejor bajo el término femi-nazi.

Entonces, por qué la mujer moderna se empeña en asegurar que ella no quiere un hombre a su lado, que prefiere pagar la cuenta a medias, que se siente “incómoda” si un hombre la presta atenciones… ¿Está de moda ser insensible? O quizás sea el miedo al rechazo, a no ser correspondida, lo que lleva a la mujer moderna a crearse una coraza de princesa guerrera que, espada de la indiferencia en mano, se dedica a ir asestando mortales golpes de desprecio a esa tan minada subespecie de caballeros.

No, no somos iguales

Hombres y mujeres no somos iguales. Somos distintos, tanto física como mentalmente. Estamos hechos distintos, complementarios, para trabajar juntos, en equipo, las dos partes de un mismo todo, el yin y el yang. Somos iguales en cuanto a derechos y libertades legales, como seres humanos, pero en lo biológico somos complementarios. Esto es un hecho.

Negarlo sólo niega nuestra naturaleza y esto cualquier médico, biólogo o experto en anatomía lo puede certificar. Incluso a nivel psicológico existen diferencias entre los sexos. Así que, por favor, dejemos de pretender ser iguales y de negar evidencias como que los hombres tienen más fuerza física que las mujeres o que las féminas tienen una mayor inteligencia emocional.

La tiranía del feminismo

Cada vez que sale el tema en una conversación se hacen los silencios incómodos, ellas se miran unas a otras, esperando la reacción de la mujer que tienen al lado para ver si pueden decir lo que piensan o si deben mantener el estándar impuesto por la tiranía del feminismo.

“Pues a mí me gusta que al menos en la primera cita, la cuenta la pague él”. Y con esta simple frase el caos está sembrado. Pero se genera confianza y las confesiones a media voz empiezan a llegar: “Sí, yo también prefiero que invite él, aunque sea al café, no es el dinero sino el detalle de querer prestarte esa atención”. “A mí me gusta que venga a recogerme a casa, no me mola eso de quedar en un punto intermedio”. “Cuando después de una cita no te escribe para saber si has llegado bien a casa o si te lo has pasado bien te sientes un poco hecha polvo, como si pasara de ti”. “Lo peor es que después de haberse acostado contigo cambia por completo de actitud, como si no te conociera”. Poco a poco y cada vez con menos tapujos se van oyendo estas confesiones, de mujeres jóvenes, modernas, independientes, que sin embargo reconocen querer un caballero que cuide de ellas o por lo menos que las tenga en cuenta.

mujer moderna feminismo

Entonces por qué ocultarlo, por qué fingir algo que no es cierto… por el qué dirán. Pero… ¿quién va a decir nada? ¿Las feministas? ¿O las feminazis? Y es que son dos conceptos muy distintos. Nada tiene que ver el feminismo como movimiento que surge, especialmente a partir del S.XVIII, para luchar por la igualdad entre los sexos en un contexto histórico en que la mujer era considerada un ciudadano de segunda categoría, con las feminazis, esas nuevas dictadoras que una vez alcanzada la igualdad sintieron que perdían protagonismo y decidieron exagerar y retorcer el concepto “feminismo” hasta hacerlo necesariamente contrario a la feminidad.

Mujer moderna, ¿mujer independiente?

Como persona soy fuerte, autosuficiente e independiente. Quienes me conocen dirán que impongo (bastante). Como hembra soy mujer, femenina, delicada, de formas curvas, redondas, con instinto maternal… Ambos conceptos no están reñidos, es más, son complementarios.

Soy un ser humano más completo y preparado de lo que podría haber sido hace 100 años, y perder esa posibilidad por negar parte de nuestra naturaleza en un intento de ser “iguales” que los hombres, negando así nuestra propia feminidad, nuestra naturaleza, es un grave error… ¿Haríamos que un hombre perdiera su hombría para asemejarse a nosotras? ¿Qué mujer quiere un hombre más femenino que ella?

A menudo el ser humano, en su limitada comprensión, tiende a conceptos excluyentes, es decir, o soy una mujer tradicional o soy una mujer moderna. O soy una mujer fuerte e independiente o soy una mujer familiar. Lo cual, si se me permite la osadía –y puesto que es mi blog se me permite– es una soberana estupidez. No se puede hablar de ser fuerte, independiente y autosuficiente, si luego no se sabe cocinar (y digo cocinar bien, no hervir arroz o freír un huevo), coser o administrar las finanzas personales (crítica, siempre constructiva, aplicable tanto a hombres como a mujeres en una sociedad que cada vez está más envejecida y a la vez más inmadura).

escena del programa de television guerra de cupcakesY es que vivimos en una sociedad de contradicciones donde las mujeres “modernas” no tiene porqué saber cocinar, eso es cosa de amas de casa, pero son fanáticas de la repostería creativa y expertas haciendo cupcakes –para quienes no lo sepan esto en inglés quiere decir magdalena–.

Estas princesas guerreras reclaman su independencia respecto al hombre pero luego están pegadas a las faldas de papá (o mamá) que son quienes tienen la VISA.

Por eso mismo y en un mar de incoherencias sociales, yo reivindico mi derecho a ser princesa y mi derecho a querer que un caballero me abra la puerta, me ceda el paso y me invite a un café sólo por el placer de disfrutar de mi compañía. Y también reivindico mi faceta de mujer moderna independiente y autosuficiente que trabaja y se costea sus gastos, que cocina y se organiza su tiempo. Por eso yo, de mayor quiero ser princesa.

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